LA FILOSOFÍA HABITA DE NUEVO EL MUNDO HUMANO.




Liberando la mirada del contexto de lo subjetivo, lo psicológico, y el monólogo interior, las Monulas se internan en el mundo humano, en la casa, en el campo, el bosque, en la ciudad en la cabaña. En el lugar donde la percepción no padece de un interés racional a quien servir. Las Monulas se ofrecen por sí mismas, mediados por el querer de la mirada, envueltas en el silencioso movimiento de lo sencillo y lo cercano. Ellas  no exigen nada para su sustento. Y sin embargo existen en todo lo viviente como sombra y alimento.


Las Monulas nos invitan a comprender la mirada como camino. Al pasar por su lado, cada una le recuerda al ser humano el crecimiento al que está llamado y al que esperan que acuda con una nueva interpretación de su mirada. Las Monulas nos convocan a cuidar al mismo tiempo la trascendencia del espíritu y la cercanía de la naturaleza. La mirada intemporal de las Monulas, se despliega por doquier, a lo largo del camino, junto al mundo de lo humano, entre texturas, aromas, cocinas, tilos, esquinas, sembrados, prados, pasos, huellas…


El tiempo y las Monulas se hacen uno. La vida entera se funde con ellas en la intensidad del instante. El ser de la naturaleza y el ser del espíritu se unen en un solo palpitar. Pues al destruir las antiguas diferencias entre el ser humano y su habitar, la mirada se entrega a la plenitud de la libertad. La percepción se convierte en intencionalidad y comprensión, que al volver a mirar lo humano, lo transforma en el aquí y el ahora de un tiempo siempre nuevo.

Las Monulas descubren las esencias del mundo.  Esto y aquello, lo de aquí y lo de alla: ¿Es? ¿Lo ves? ¿Cómo es? ¿Quieres mirarlo? la mirada monular invoca el ser de las cosas mismas como pregunta. 


Y entonces ellas aparecen ante nuestra mirada como presencia. El sentido surge plenamente de los abismos de la carne del mundo y lo recibimos de nuevo como totalidad. Desocultamos las  esencias profundas de la vida cuando miramos las texturas particulares de todo cuanto existe. Abrazados por la serenidad monular de lo sencillo y lo cercano, vivimos ahora la visión de aquella dimensión esencial que yace a cada instante a nuestro lado. Sujeto y objeto somos uno en el unísono del tiempo propiciador.


Y en el transcurso efímero y eterno de una mirada monular, las Monulas nos muestran por doquier la relación sublime que estamos llamados a establecer con todo lo existente. por ejemplo, vincularnos de nuevo con el pequeño banco, con el milagro de la madera, con la porción del árbol primigenio, todavía subsistente. Monula palpitante y silenciosa, que yace aún allí, ofreciendo el rastro de la esencia misma que existió prolija y fecundo en otro tiempo, y que ahora, otorga su delicado misterio, su recuerdo, tan sólo con volver a ser mirada.  


Luego llega la noche. Y a pesar del milagro de su desocultación, nuevamente la Monula del banco de madera se agazapa tranquila bajo las estrellas y sigue permaneciendo como vacío y posibilidad.


Amanece de nuevo y las Monulas vuelven a aparecer frente a nosotros invitándonos  a vincularnos sin interrupciones, con el flujo de lo viviente. Mirar,  liberar, fundar,, descubrir, construir, inaugurar. Vivificar, mientras miramos, las esencias de las texturas, que ahora se hacen nuevas, y perpetuamente nuestras, en un caudal fecundo de sentido. Volvemos a mirar el mundo con el propósito de descubrir la naturaleza misteriosa de los seres. Pero dejándolos, con respeto y afecto,  reposar en sí mismos, en su despliegue esencial. las Monulas nos invitan a guardar silencio, a acallar la mente, a escuchar, a obedecer la ley del bosque y del camino. A respetar y someternos a las leyes de la vida. A fundirnos afectuosamente con aquello que contemplamos.


Entonces la mirada despierta y se libera al no tener derechos de propiedad sobre las cosas. ¡Y surge la alegría! ¡El ser humano es feliz de nuevo! ¡Sonríe! el mundo deja de ser lo puramente presente y vuelve a colocar las texturas de la vida frente a la luz del sentido y del tiempo, frente al instante en que el ser de las esencias vuelve a nacer de nuevo.


Estamos en Chen del Llerel, en la Tierra del asombro, siendo con las cosas, y a la vez, dejándolas ser y permitiéndonos recibir la donación de su milagro. Desocultamos su sentido, estableciendo un nuevos vínculos, cálido y prolijo, con todas las Monulas de la Tierra de los Colores.


Habitamos ahora en medio de todas estas nuevas ofrendas de sentido. Nos  asombramos, callando con el silencio de lo sagrado, compartiendo con las Monulas el instante en que la absoluta soledad e independencia de la mirada aparece ante nosotros como desocultación y acontecimiento del ser.


Las Monulas desde su vacío continúan así, una y otra vez,  permaneciendo como la potencia propiciatoria que habrá de inaugurar el ser de una nueva textura. Lo sencillo y lo cercano de nuestra mirada se hacen nuevamente simultáneos en una unidad de tiempo, espacio y sentido. Nuestra mirada las despierta a la Tierra de los Colores y vuelve a concebirlas como parte sagrada del mundo. Las Monulas aparecen como presencia.


Y volveremos a mirarlas y a dejar de mirarlas. Pues las Monulas son constante vaciamiento. Y cuanto más las miramos desde ese vacío, más se encuentran ellas con lo que les es propio. Con las Monulas hemos encontrado la belleza en la desocultación del mundo. Ahora podemos invocar la sacralidad y el misterio desterrados, y habitar entre el cielo y la tierra, entre lo humano y lo divino. Habitamos. Somos. Nos encontramos con lo otro. Preguntamos, miramos, respetamos, amamos, habitamos ya la naturaleza sublime de lo sencillo y lo cercano. La mirada nos ha devuelto el tesoro de la nada, el vacío y el silencio. el tesoro del ser que habita todas las texturas de la vida.


Ahora el ser humano es lo que conoce, es la tierra misma de la que surgen sus miradas y sus afectos. Es el aire, la tierra, la colina, la flor que lo acompaña. Ha vuelto a nacer desde lo sencillo que lo ha instalado en el camino de acceso al ser, en la relación sublime que mantiene ahora con las texturas y con el sentido de la cercanía que lo vincula a la tierra. Y, ¿qué es entonces la belleza? El nuevo afecto que se transforma en mirada, en dejar-ser lo que lo otro es, en morar poéticamente con el entorno y comprender en acto el sentido profundo de las presencias circundantes.


Felizmente, en Chen del Llerel, con las Monulas hemos  dejado atrás la pregunta de Leibniz: ¿Por qué es el ente y no la nada? ¿Cuál es el fundamento de todas las cosas que hace que las cosas sean lo que son? Preguntas interesadas. Preguntas técnicas. Preguntas muertas. Pues ahora en la Tierra de los colores, en la Tierra de las texturas, la nada es para los Totumos la magnífica posibilidad del ente, y no existe ya ningún fundamento utilitario que determine el deber y el poder ser de las cosas mismas. La nada es el “encontrarse” donde el ser humano se halla en la plenitud de su existencia. Sin distinciones entre creador y criatura, lejanía y cercanía, sujeto y objeto, esencia y existencia, tiempo y espacio, el ser deja de ser simple posición, para erigirse como unidad, totalidad y movimiento, desde el ser, desde la relación sublime que lo vincula con el cuidado y la protección de las texturas que lo rodean, del mundo vivo que lo circunda.


Ahora, desde la serenidad, el afecto, y el respeto por la naturaleza de lo otro, las Monulas le ofrecen al ser humano una nueva y contundente pregunta, desde donde habrá de acontecer la mirada venidera en un nuevo sentimiento y un nuevo significado:

¿En la textura, en la Monula que me mira aquí y el ahora, se despliega también lo esencial de mi propia ser, de mi propia vida?


Recordemos de nuevo, inicial y finalmente…


«¿Cuál es esa relación sublime en la que está el ser-ahí con aquello que lo rodea? En la experiencia de esa relación hacemos la prueba del espíritu y de lo espiritual (…) La relación no concierne a los objetos, dice Hölderlin, no es la relación del “sujeto” con los “objetos”, la cual [está] la mayoría de las veces determinada por el [reino de la] necesidad, en tanto que los objetos son lo que nosotros elaboramos y utilizamos como fines y metas destinados a satisfacer las necesidades que despierta en nosotros la necesidad [apremiante].


El ser-ahí está, con aquello que lo rodea, en una relación sublime que lo eleva por encima de la relación del “sujeto” con el “objeto”. “Sublime”, aquí, no significa solamente que planea por encima, (…) la relación sublime da acceso a lo que domina por sobre todos los objetos y sobre el ser-ahí, y que, al mismo tiempo, sostiene todo eso. ¿Y qué es? (...) A lo que de ordinario nos rodea, los objetos particulares (=los “objetos”), lo llamamos también ente, lo que es. Pero este “es” en el nivel del ente no es a su vez algo de ente, sino lo que deja primero a todo ente ser un Ente y por esto lo rodea de cuidados y lo protege. Lo llamamos Ser. La relación sublime en que el ser-ahí está, es la relación del Ser con el ser-ahí, de tal manera, es verdad, que el Ser mismo es esa relación, que relaciona así la esencia del ser-ahí en tanto esa esencia que está en esa relación y, al estar en ella, la mantiene bajo su guarda y la habita. En lo Abierto de esta relación del Ser con la esencia del ser-ahí hacemos la experiencia del “espíritu”- él es lo que gobierna a partir del Ser y, probablemente, para el Ser.» 


Martin Heidegger, La Pobreza p. 101, 103, 105













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